domingo, 31 de octubre de 2010

El perdón es fundamental, ante la infidelidad

¿Cómo definiría lo que es la infidelidad?
Es una experiencia de mucho sufrimiento psicológico, que significa que uno de los dos componentes de la relación conyugal tiene una relación por fuera de ese matrimonio. Es una vivencia de gran dolor que da lugar a un impacto que, en muchos casos, puede ser muy grave.

¿Qué secuelas quedan en las personas que han sufrido una infidelidad?
Principalmente, un fondo de inseguridad ante la otra persona por miedo a que vuelva a repetir algo similar. De todas maneras, la infidelidad no es de las situaciones más graves que pueden ocurrir en una crisis conyugal. Es mucho más grave la crisis conyugal por inmadurez, por monotonía, por cansancio, por apatía, por no compartir cosas juntos, por discusiones constantes… Porque, cuando hay infidelidad, si la otra persona tiene un acto de amor grande como es el perdón, esa pareja puede salir adelante, incluso con más fuerza que antes.

O sea, que no sólo se debe perdonar, sino que se puede salir reforzado de una crisis así…
El perdón es fundamental, pero el perdón significa, por un lado, «Te perdono, me perdonas»: recibir el perdón de la otra persona, y, después, me esfuerzo por olvidar. Cuando una persona dice: «Perdono, pero no olvido», eso no es casi nada. El perdón se acompaña, a corto plazo, de un esfuerzo por no recordar esas páginas negativas.

Pero tiene que haber un tiempo de duelo, al menos…
Lógicamente es un impacto fuerte que se produce con esa sensación. Pensemos hoy que, al tener la ética un componente de permisividad y de relativismo, muchas de estas cosas son divertidas, ingeniosas, sugerentes, pero tienen un aire frívolo desde fuera, que, dentro, llevan la gran dureza de una tragedia. Yo he descrito, en mi libro Los lenguajes del deseo, el síndrome de «Amaro»: el amaro es una planta labiada que tiene forma de corazón en su base, que huele muy mal y que corrige ciertas afecciones de la piel, y extrapolo esto a lo que está pasando hoy en la televisión, que es «el deseo apasionado de conocer la vida de los famosos, siempre que esté rota». Interesa la vida ajena de los famosos, pero con la condición sine qua non de que sea siempre que esté rota. El divertimento, el pasatiempo, el patio de vecindad, el Los ricos también lloran, el mecanismo de compensación… es muchas cosas.

¿Cree que el ser humano tiende a la fidelidad, o a la infidelidad?
Las dos están muy cerca. La posible infidelidad está siempre a la vuelta de la esquina, por las muchas posibilidades que tiene el ser humano hoy de salirse de la pista. La infidelidad es un concepto mental. Una persona que es fiel no se pone en situaciones de riesgo que puedan comprometer su situación conyugal. Ante la posibilidad de que ocurra algo así, uno tiene la valentía de huir. Y es un concepto mental que tiene muy poca gente en una sociedad tan divertida, tan relativista, tan permisiva…

¿Cree que también es algo de nuestros tiempos?
Creo que sí, aunque puede también que ahora suene más porque estamos en una sociedad neopagana, y el neopaganismo trae también el divertimento y la exploración en otras vías…

¿Los hombres son más infieles que las mujeres?
En general, sí, hay una tradición machista, que está herida pero no muerta. A la mujer se le sigue aplicando la ley del embudo: al hombre, la parte de arriba, el embudo ancho, se le permiten más cosas; a la mujer, la parte de abajo, se le permiten muchas menos. Y luego, por otra parte, la vida del hombre hasta ahora ha tenido mucha más relación con la economía, más independencia para funcionar… De todas formas, en el año 2002, en la Universidad Complutense, se hizo un estudio con una muestra muy amplia, con 4.000 alumnos, y el 85% decía que el primer valor en la relación afectiva con otra persona era la fidelidad.

Quedan secuelas en la persona engañada, sí, pero… ¿también en el que engaña?
Hay un coste psicológico del que ha sido infiel, que es ver un poco las consecuencias de destrozar a la otra persona. Hay un sufrimiento personal en las personas que tienen una cierta conciencia moral. Los que no tienen esa conciencia, evidentemente, no sienten nada, les parece que todo es normal, un carrusel de experiencias sin un fondo ético.

¿Cómo evitar los deseos de ser infiel?
No ponerse en situaciones de riesgo, evitar momentos en los cuales uno puede fugarse de esa fidelidad. Es difícil porque, a veces, todo empieza siendo una experiencia divertida, sugerente, refrescante…, un burbujeo de champán…, y puede acabar siendo algo trágico. Hay que evitar eso, poner una cota, no entrar al trapo.

¿Cree que puede llegar a ser una enfermedad?
Lo que pasa es que las personas que son infieles de forma recurrente lo que traducen es lo que está debajo, y debajo hay una inmadurez afectiva: un señor de 50 años puede tener una edad afectiva de un adolescente. Esto no tiene una solución fácil, porque a determinadas edades habría que hacer un trasplante de cabeza para solucionar tales problemas.


A. Ll. P.



El doctor Enrique Rojas